Como ya reflexionamos el Día de la Mujer, resulta insuficiente e injusto celebrar un Día de la Tierra. Todos los días deberían ser de la Tierra, al fin y al cabo la tierra somos las personas y animales que la habitamos y nuestro entorno ¿Acaso hay algo más importante? ¿Acaso hay algo más?

Y sin embargo, equipados como vamos con nuestras particulares anteojeras, que sólo nos dejan ver nuestra problemática individual y la zanahoria que pone delante de nuestros ojos la factoría consumista: ¿compra, compra, compra!, no podemos desaprovechar estas ventanas que se nos conceden para recordar que todos los días debemos tener en cuenta a madres, mujeres, abuelos, niños, personas que consumen, personas enfermas … y también a la Tierra.

Google hará un doodle al respecto. En radios, televisiones y medios en general se hará el habitual repaso a la cuestión ecologista. Se revisará el último acuerdo de la Cumbre del Clima de París, se pondrán en valor los compromisos de China, la mayor predisposición de la actual administración estadounidense e incluso habrá quien llamará la atención sobre las limitaciones de éste y sobre que estos acuerdos siempre tienden a incumplirse y se convierten más en un instrumento de estrategia geopolítica que en otra cosa.

Quizá en los próximos días e incluso meses aumentará la proporción de basura que reciclamos. A lo mejor llegan a nuestros oídos conceptos como huella de carbono y comeremos menos carne. Puede que lleguen otros como soberanía alimentaria y comeremos verduras locales y de temporada. Quizá incluso algunas advertencias acerca de las malas artes de determinada(s) empresa(s) se abran paso hasta nuestras conciencias y cambiemos nuestros hábitos de compra.

Mientras unos buscan la forma de aunar bienestar y respeto al medio ambiente y producción agrícola, mejorando rendimientos con el menor impacto ambiental, los hay que sólo ponen en la balanza el rendimiento económico y arrasan con lo que pillan para conseguir grandes cosechas de soja o grandes producciones de aceite de palma.

agriculturaLos beneficios de la I+D agrícola (que frente a lo moderno de la palabra, se hace desde el 7.000 AC) quedan en manos de avariciosas compañías que no nombraré, pero que, no contentas con inventar el Agente Naranja, ahora patentan semillas y convierten en ilegal lo natural en aras de que su torre de estéril e incomestible oro llegue unos metros más arriba. Algún peligro habrá, cuando gente tan poco sospechosa de ecologismo radical como Bill Gates (así de asustados están los que conocen los riesgos a los que la alteración genética nos acerca), son capaces de gastarse una millonada en congelar semillas por si algo o alguien acaba con la biodiversidad del planeta y acabamos todos comiendo Soylent Green).

Día de la Tierra: algo hay que hacer

El trabajo de grupos locales y globales en la lucha por el derecho al agua, la lucha campesina, la producción de cercanía, etc… son encomiables y se merecen todo el apoyo, pero… ¿En qué momento daremos el salto evolutivo (no sé si hacia delante, hacia atrás o hacia los lados) que nos permita actuar como especie (no solo individual o grupalmente). Lo hemos visto en películas y las películas no mienten: sabemos que se puede hacer.

No están de más alternativas, mentes pensantes que buscan otro modelo, con mejores o peores intenciones: economías circulares, verdes, feministas, sociales, colaborativas, postcapitalistas, decrecentistas o mediopensionistas. Pero deberíamos hablar de un tema de consenso básico, como por ejemplo: ¿es bueno o malo matar? Malo. ¿Es bueno o malo destruir el planeta? Malo … ¿no? Si el Día de la Tierra vale para darnos cuenta de eso, bueno será.

Certezas lógicas como que no podemos crecer más allá de los recursos que genera el planeta se imponen irremediablemente. Sólo hay dos opciones: seguir hasta acabarlos y afrontar la catástrofe o ajustar el modelo, no hay más. Probablemente no será un Día de la Tierra, pero el día llegará.

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